miércoles, 21 de marzo de 2012

Aquel día...


Aquel día, cuando me senté en la terraza de nuestro “Alaska”, como lo hiciéramos otras tantas veces, supe que algo nuevo me estaba sucediendo. Fue al contemplar unos ojos que se aparecieron ante mí, misteriosamente, como por arte de magia y que expresaron nítidamente, entre aureolas verdes y azuladas, un sentimiento oculto y profundo que yo, entrometidamente, acababa de delatar.
Repentinamente, descubrí todo aquello que no pudiera ver hasta entonces a causa de mi ceguera y de mis espesas lágrimas… ¿podía ser amor aquello que nacía en mí, o tal vez no lo era verdaderamente? Quién sabe. Lo que es cierto realmente, es que una luz intensa y penetrante traspasó todo mi ser e iluminó mi rostro tenuemente, anunciándome el comienzo de una felicidad doliente, aunque probablemente esporádica y efímera.
Por ello me entregaba, inconscientemente, a la emoción intrépida de la incertidumbre y a la sensación dañina del amargo enamoramiento que ofrece toda la dicha embadurnada de espinas y aguijones que pueden neutralizarla, aparentemente, pero jamás hacerla desaparecer. Porque, cuando se ama, o se cree amar, cualquier sufrimiento, por amargo que sea, se contrarresta y languidece al son de la mirada, la voz, la imagen del ser que una tarde pudo aparecer, misteriosamente, de la misma manera que también podría desaparecer un imprevisto día.

A ti.
25 Julio 1994
Olga


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