sábado, 10 de marzo de 2012

EL RECUERDO DEL AYER


Una vez más, el sol, con sus rayos cegadores, iluminó el día y coronó la mañana que empezaba a configurarse entre la lejana y soñolienta melodía de los pajarillos cantores que todavía parecían formar parte del misterioso mundo del sueño.
Ya, el rocío cristalino descendía por entre las verdes hojas, cuyas lágrimas anunciaban un nuevo o viejo día, como tantos otros. La suave brisa de la mañana se dejaba sentir entre los pliegues de las cortinas y penetraba silenciosamente hasta la estancia difusa donde ella reposaba.
Casi enigmáticamente la mañana iba avanzando y su primer suspiro, puro e inocente, parecía irse corrompiendo paulatinamente. El tic-tac acompasado del reloj adormecido infundía temor a aquel cuerpo que yacía inquieto en un lento retorno a la realidad.
Sus ojos se abrían temerosos, llorosos, carentes de ese fulgor resplandeciente que mucho tiempo atrás contornearan esas pupilas, ahora marchitadas por el llanto que hiciera de su joven corazón un manantial de amargas aguas.
Su pecho empezaba a palpitar asustadizo, con una fuerza consternadora y sus blancas manos temblorosas se unían entrecruzadas y se aferraban al pecho como consolándose de tenerse a sí mismas.
Ella se iba incorporando mientras sentía de nuevo, como cada mañana, su corazón agrietado bajo su pecho ya débil e inconsistente. Toda la alegría e ilusión que parecía traer consigo el nacimiento de un nuevo día colmado de luz, de esplendor diurno, en ella se invertía y transformaba en desesperanza, soledad y tristeza.
Esa inquietud que persistía en su ser se acrecentaba día tras día, se consumaba en su interior y consumía y degradaba su espíritu, su pálida figura.
El paso del tiempo sembraba en ella el dolor y cada día, cual semilla venenosa, dañaba despiadadamente sus raíces más profundas y las desintegraba. Por eso, poco a poco, iba dejando de ser ella misma y su “ego” se desfiguraba.
En su habitación reinaba el silencio del miedo y flotaba un ambiente de confusión y desconcierto. Por un momento creyó sentirse feliz… No, se engañaba a sí misma, porque sabía muy bien que el motivo de su pena no cesaría jamás y la seguiría atormentando mientras sus ojos permaneciesen abiertos y su conciencia despierta.
Sólo el recuerdo de un pasado lejano y de un presente fugaz que se le escapaba de entre las manos, se arraigaba a su pensamiento y la aliviaba e inmunizaba momentáneamente de su mal, aunque el antídoto empleado, sin darse ella cuenta, multiplicaba su desazón.
El recuerdo, siempre el recuerdo del ayer, que aúna el pasado y el presente desde, contemplados desde un mañana que ya ha dejado de serlo, la empujaba hacia adelante violentamente haciéndola partícipe de un mundo que no estaba hecho para ella, que la oprimía y que pasaba fugaz a su regazo, arrebatándole todo cuanto ella quería, todo cuanto de verdad deseaba, desvaneciendo sus ilusiones, sus más profundos deseos, arrastrándola, cual despojo desabrido, por entre pasajes tétricos y obscuros, por entre mohosos caminos de polvo, absurdos que desembocaban siempre en un mar de desolación y soledad.
El mañana la atormentaba y aterrorizaba porque siempre había soñado con un presente eterno, porque, con ojos entelados y consternados, presenciaba el fluir de un tiempo que rozaba una felicidad inalcanzable y que hubiera podido atrapar de no ser por la fugacidad a que ésta se exponía.
Sólo podía vivir del recuerdo que, sin embargo, se aproximaba hasta el presente, asomándose hasta el abismo del futuro y desmitificándose como ilusión perdurable para someterse al azar de un mañana incierto que lo retaba y destruía el secreto de su magia singular.
Tal destrucción se producía en su ser al transcurso de un tiempo que no podía detener ni ella ni nadie y que empobrecía y disipaba sus perspectivas del mañana, su casi desdibujado futuro y constituía su principal y único motivo de lucha en su desdichada vida.
Luchaba contra el tiempo, pero no solo ella pugnaba por lo imposible, porque la lucha era recíproca y su enemigo y contrincante siempre tuvo, y tenía entonces, todas las de ganar.
El único consuelo de su catastrófica visión era su refugio en el pasado, dónde podía alcanzar esa felicidad tan deseada e incluso esbozar una insólita y dulce sonrisa.
Era el suyo un pasado amplio pero fugaz como el viento, un pasado dónde nunca hubo cabida para el llanto, dónde siempre reinaron ilusiones y sonrisas. Un pasado aureolado de felicidad, de una luz y esplendor mágicos y persistentes, inamovibles, permanentes, cual manantial de oros y púrpuras que fluye en armonía dulce y melodiosa.
El consuelo del ayer, único motivo de su existencia, la fortalecía y animaba pero de lo que ella no podía darse cuenta era de que su pasado cada vez alcanzaba dimensiones más amplias y se intensificaba una añoranza, un recuerdo nostálgico que, sin embargo, nunca fue fruto de un presente feliz, porque a ella lo que le impedía esa felicidad del presente era el acoso del futuro.
Si se remontaba a tiempos pasados, su corazón se recomponía y sus manos cobraban seguridad y fortaleza, sus ojos se matizaban y brotaba de ellos un resplandor que iluminaba todo su rostro, libre ya de palidez y tenuemente sonrosado.
Entonces ella podía reducirse a su esencia, a su “ego” más íntimo sin sentirse degradada, porque aquellas partículas ónticas que se estaban desintegrando se unían y aferraban con fuerza y elevaban todo su ser a dimensiones infinitas donde hallaba plenitud.
Sus más bellos sentimientos cobraban verdadero sentido en el pasado, porque el abismo del presente los corrompía y enturbiaba. Siempre había sentido dentro de sí raudales de amor, de cariño, de amistad,  pero nunca habían logrado su plena realización sino encajados en cuadros del pasado, donde lo imperfecto llega a alcanzar absoluta perfección.
Ahora, sentada en la cama, con la mirada perdida en el infinito, escuchaba llorar a su alma el llanto que ya no podía brotar de sus ojos secos y cansados y se compadecía de sí misma porque sabía que sólo ella podía escucharse y comprenderse.
Su entorno empezaba ya a abofetearla al entrar a formar parte de él y de su realidad, al desvanecerse el sueño y regresar de nuevo a su cama, a su triste habitación y, de nuevo, se enfrentaría al tiempo del que, tras el letargo de la noche, había tomado conciencia.
Cual aguijón afilado que penetra en carne débil e inocente, haciendo brotar un río de sangre que borbotonea agranatada, así, el timbre del despertador rasgó sus entrañas y aceleró su pulso. –Tranquila -se dijo a sí misma -nada hay que se resista a la fuerza de la mente-.
Entonces cogió el libro entre sus manos temblorosas, lo abrió despacio y sintió la caricia lánguida de una lágrima que resbaló por su mejilla. El timbre del despertador se estaba alejando, se oía lejos, muy lejos… Estaba leyendo en el Libro del Pasado. Todo cesó. Y ella leía, leía su ilusión, su felicidad. Sus ojos cerrados se abrían destellantes en el mundo del pasado y allí podían leer la eternidad de su magia.
Ese Libro, que ya nunca jamás acabaría de leer, era el mundo con el que ella soñaba y el que la estaba transportando hasta la felicidad en un viaje que ya nunca tendría retorno.

Olga María Puig Martínez
23 Abril 1994

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